Por J.Alejandro Gamboa C
No deja de provocarme una inquietud profunda el anuncio de las próximas elecciones para el Poder Judicial en México. No por el hecho en sí —que es, sin duda, un hecho inédito y con implicaciones profundas para la división de poderes—, sino por la apatía que lo rodea.
Nadie está hablando de ello en las calles, nadie parece comprenderlo del todo y, lo más grave, nadie parece interesado en entenderlo. Pero así somos en México: nos enseñaron a odiar la política desde la cuna, a repetir como loros que es “una porquería” y que “todos los políticos son iguales”, sin detenernos un segundo a pensar lo que esa indiferencia nos está costando.
Y nos cuesta mucho. Nos cuesta justicia, nos cuesta derechos, nos cuesta vidas.
No exagero.
Lo dijo Norberto Bobbio en su Teoría General de la Política: la democracia no es simplemente un régimen electoral, sino un sistema que exige vigilancia constante de los ciudadanos. Sin ciudadanía activa, no hay democracia; hay fachada. Pero aquí, cada vez que se propone una nueva forma de participación, como estas elecciones judiciales, la respuesta social es desinterés o burla. Como si estuviéramos condenados a repetir el ciclo de la dominación y la resignación.
Aristóteles definía al ser humano como zoón politikón, un animal político, no porque todos quieran ser funcionarios o gobernar, sino porque vivir en sociedad implica tomar decisiones en común, discutir, disentir, argumentar y, sobre todo, participar.
La política nació para evitar la violencia entre los grupos humanos, para construir acuerdos sin sangre. Pero aquí preferimos memes que artículos, influencers que ideas, chismes que deliberación.
Por eso me preocupa esta elección del Poder Judicial. No por la complejidad de los cargos, no por los nombres que se barajan, sino porque si seguimos actuando como súbditos en lugar de ciudadanos, otros decidirán por nosotros… como siempre.
Hannah Arendt lo advirtió con lucidez: la política es el espacio de aparición del individuo ante los otros, es el ámbito donde nos volvemos visibles como actores sociales. Pero en México, la invisibilidad se ha vuelto cómoda.
No nos duele que nos gobiernen jueces cercanos al poder, lo que nos duele es que nos pidan entender cómo funciona el sistema. Eso, creemos, es una carga excesiva.
¿Pero cómo se aprende a ser ciudadano? Pues Participando. Así de simple. El ejercicio democrático no se aprende en los libros de texto ni en los spots del INE: se aprende decidiendo, equivocándose, exigiendo, opinando, votando, cuestionando.
La participación crea ciudadanía. Y sin ciudadanía, la democracia es solo un teatro vacío.
Hoy estamos frente a una oportunidad histórica. Podemos empezar a hablar de la justicia que queremos, de los jueces que necesitamos, de las reglas del juego que no deben estar escritas a espaldas del pueblo. Pero necesitamos quitarnos de encima ese fardo cultural que nos enseñó que la política es para otros, que es sucia, que no sirve.
Esa narrativa no es inocente: fue construida para que dejáramos de participar, para que el poder quedara en manos de estos tipejos de siempre.
Lo dijo Giovanni Sartori que la democracia se vacía cuando el ciudadano se convierte en espectador. Y México está lleno de espectadores, de gente que se queja de la función, pero nunca pisa el escenario.
Por eso, aunque esta elección judicial sea compleja, aunque no entendamos todo al principio, lo que verdaderamente importa es que empecemos a participar, las elecciones de gobiernos o de presidentas, o presidentes, no debe ser el único acto de participación, dicho sea de paso.
Porque solo así, poco a poco, dejaremos de ser masa manipulable para convertirnos en un pueblo digno. Porque solo así aprenderemos que la crítica no es suficiente si no va acompañada de acción. Porque solo así dejaremos de entregar el futuro en manos ajenas.
La democracia no se defiende sola. La justicia no se construye sola. Y el ciudadano no nace, se hace:
Por. J Alejandro Gamboa. A partir de un conflicto vecinal aparentemente menor —el volumen de una bocina que inunda la calle—, este artículo reflexiona sobre una tensión cada vez más visible en nuestra vida cotidiana: la dificultad de conciliar los gustos personales con el respeto al entorno compartido. Desde lo legal hasta lo filosófico, pasando por lo sociológico y lo emocional, esta lectura explora cómo el bienestar común se ve comprometido cuando la libertad se confunde con egoísmo, y cómo el concepto de ciudadanía se diluye ante la defensa radical del “yo hago lo que quiero”. Hace unos días, viví en carne propia un micro conflicto tan cotidiano como revelador, que me sirve de pretexto para hablar de los derechos, la ciudadanía y el bien común. Hace algunas semanas, pedí en el grupo de WhatsApp de mi calle que un vecino bajara el volumen de su bocina, que a todo volumen resonaba por la cuadra. No había agresión en mi mensaje, sólo una solicitud razonada: si la música sólo es de...
checa este texto por fa, no lo pude leer, Sin espacios y puntos y apartes
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