¿De qué sirven las escuelas sin comida chatarra si afuera reina la industria?
Una propuesta necesaria es fortalecer el entorno escolar, ampliar la educación en salud y promover campañas de concientización que permeen en la cultura alimentaria.
Por J. Alejandro Gamboa
En México ya no se vende comida chatarra dentro de las escuelas de nivel básico. Ese fue, sin duda, un avance relevante. Después de años de esfuerzo por parte de activistas, especialistas en nutrición y padres de familia preocupados, hoy existe una política nacional que prohíbe estos productos en las cooperativas escolares.
Sin embargo, el desafío persiste: fuera del plantel escolar, en la banqueta, la tienda o el puesto improvisado, continúa la oferta de botanas hipercalóricas, bebidas azucaradas y pastelillos. La problemática radica en que estos productos siguen estando al alcance inmediato de los estudiantes, diluyendo así los esfuerzos de promover una alimentación más saludable en el interior de los planteles.
A eso, hay que añadir el cabildeo intenso y, con mucho dinero de por medio, de las grandes compañías de comida chatarra para empujar en contra o, por lo menos, negociar algunos términos; además, ciertas escuelas de “renombre”, y universidades privadas se han amparado contra la medida.
Los datos confirman la magnitud del reto. Más del 75% de los adultos en México tiene sobrepeso u obesidad. Entre los niños de primaria, uno de cada tres presenta exceso de peso. La diabetes tipo 2 afecta a más de 12 millones de personas, y el costo anual para atender enfermedades relacionadas con la mala alimentación supera los 240 mil millones de pesos, de acuerdo con el Instituto Nacional de Salud Pública.
Al respecto, una propuesta necesaria es fortalecer no sólo el control al interior de las escuelas, sino también su entorno inmediato. Las escuelas no son islas; están insertas en comunidades donde la comida ultraprocesada es de fácil acceso debido a su bajo costo y alta disponibilidad.
Una medida efectiva sería prohibir la venta de dichos ultraprocesados en un radio de 300 metros alrededor de todos los centros educativos del país. Más que una restricción, sería una acción de salud pública orientada a proteger a las futuras generaciones y a fortalecer la cultura de la prevención.
Educar en salud también implica enseñar con el ejemplo. Formar generaciones conscientes de que la nutrición es parte fundamental del bienestar social y del desarrollo económico de un país es, en última instancia, un acto de responsabilidad colectiva.
Por. J Alejandro Gamboa. A partir de un conflicto vecinal aparentemente menor —el volumen de una bocina que inunda la calle—, este artículo reflexiona sobre una tensión cada vez más visible en nuestra vida cotidiana: la dificultad de conciliar los gustos personales con el respeto al entorno compartido. Desde lo legal hasta lo filosófico, pasando por lo sociológico y lo emocional, esta lectura explora cómo el bienestar común se ve comprometido cuando la libertad se confunde con egoísmo, y cómo el concepto de ciudadanía se diluye ante la defensa radical del “yo hago lo que quiero”. Hace unos días, viví en carne propia un micro conflicto tan cotidiano como revelador, que me sirve de pretexto para hablar de los derechos, la ciudadanía y el bien común. Hace algunas semanas, pedí en el grupo de WhatsApp de mi calle que un vecino bajara el volumen de su bocina, que a todo volumen resonaba por la cuadra. No había agresión en mi mensaje, sólo una solicitud razonada: si la música sólo es de...

Comentarios
Publicar un comentario