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Adolescencia, familia y escuela en tiempos de fragmentación

Por J. Alejandro Gamboa Por momentos, tengo la sensación de que la escuela se ha convertido en un campo de batalla silencioso, donde lo que está en disputa no es solo el aprendizaje, sino el alma misma de nuestras sociedades. Lo veo en mi hija, en los jóvenes que conozco, en las aulas que alguna vez fueron promesa y hoy parecen trincheras del desencanto. Años después de haber pisado un aula como docente amateur y como estudiante por partida doble (dos carreras), el panorama que observo desde fuera no es alentador: hay caos, hay desinterés y, lo más preocupante, hay una pérdida de rumbo compartido. En México, tanto en escuelas públicas como privadas, la crisis educativa se ha agudizado con una velocidad que asusta. A pesar de los intentos por reformar el sistema —desde los nuevos planes de estudio promovidos en tiempos de AMLO y ahora por la Dra. Claudia Sheinbaum—, los resultados siguen siendo desalentadores. La pandemia fue un parteaguas. No solo evidenció la fragilidad tecnológica y la desigualdad estructural, también rompió el ya debilitado vínculo entre escuela, familia y comunidad. Hoy enfrentamos una fragmentación peligrosa. Los docentes, muchos de ellos con formación muy deficiente, enfrentan aulas de adolescentes desmotivados. A su vez, exigen mejores condiciones laborales, pero su legitimidad social se erosiona cuando no logran conectar con sus alumnos. No es culpa de uno solo, pero sí es responsabilidad de todos. A este desmoronamiento educativo se suma el derrumbe silencioso de las estructuras familiares. Padres agotados, ausentes o tecnológicamente analfabetas se enfrentan a hijos, que consumen contenidos que no entienden, que replican discursos que ni siquiera comprenden del todo. Y aquí, hablo de una serie como Adolescence, de Netflix, que entra a golpearnos en la cara con una realidad incómoda: los adolescentes están siendo formateados por internet, por la “manosfera” misógina, por foros anónimos donde se construye el odio, la soledad y la frustración. En esta serie, un chico de 13 años asesina a su compañera. Las pistas que llevan a entender el crimen no están en su entorno escolar, ni siquiera en su familia, sino en su historial de navegación. Ahí aprendió que el mundo debía ser dominado por hombres fuertes y sin emociones, y que las mujeres eran enemigos o trofeos. La serie no es ficción distópica: es una advertencia urgente sobre la pedagogía del odio que se esparce como virus en línea. Y mientras esto ocurre, ¿qué hacemos nosotros? ¿Dónde están los filtros, el acompañamiento, la orientación? Las escuelas apenas y logran sobrevivir a la violencia cotidiana; los padres, sobrepasados por la inflación y la precariedad cultural, entregan celulares como pacificadores digitales. Y el Estado, pareciera desconectado de la realidad en este rubro; promueve reformas educativas que parecen salidas de un laboratorio ideológico, sin tomar en cuenta a quienes deben aplicarlas, olvidando su rezago educativo y la falta de voluntad por aplicar nuevas reglas que no entienden. En mis años de facultad leí con admiración a Hannah Arendt, y hoy vuelve a mí su advertencia sobre la banalidad del mal. Esa idea de que los horrores no nacen de figuras monstruosas, sino de sujetos comunes, incapaces de cuestionar lo que hacen, de detenerse a pensar. Me aterra pensar que estamos criando generaciones enteras sin pensamiento crítico, sin valores compartidos, sin una brújula emocional. El problema no es solo en México. Argentina, Italia, España, Estados Unidos, todos están viviendo, con matices, el mismo proceso. Jóvenes que buscan certezas en ideologías autoritarias. Familias que ya no dialogan. Escuelas que han dejado de ser refugio para convertirse en zonas grises de sobrevivencia emocional. ¿Qué hacer ante este panorama? Primero, dejar de ignorarlo. Hay que reconocer que la educación ya no puede seguir reproduciendo modelos del siglo XX en una sociedad hiperdigitalizada. Es urgente formar docentes con herramientas pedagógicas y emocionales para entender el mundo de sus alumnos. Necesitamos alfabetización digital en casa, no solo saber prender el WiFi. Y debemos incorporar la salud mental como un eje transversal del currículo educativo, no como un accesorio optativo. Lo que está en juego no es solo el futuro económico del país. Es algo más profundo: la posibilidad misma de una convivencia basada en el respeto, la empatía y la razón. Si seguimos dejando a nuestros adolescentes a merced del algoritmo, del hartazgo y de la ignorancia institucionalizada, no será Netflix quien narre las próximas tragedias: seremos nosotros, en carne viva, quienes las vivamos. No podemos seguir educando en el abismo. Y mucho menos, acostumbrarnos a él.

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